Mantener encendida la luz

Pilar Algarate 7 de Noviembre de 2026

Lecturas del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario: Primera lectura:Sab 6, 12-16; Segunda lectura: 1 Tes 4, 13-18. Santo evangelio según san Mateo 25, 1-13.

Hay luces que se van apagando sin que apenas nos demos cuenta. A veces es el cansancio, las preocupaciones, las prisas o simplemente esa costumbre de vivir tan pendientes de lo que tenemos que hacer que terminamos olvidando para qué lo hacemos.

El Evangelio de este domingo nos habla de diez jóvenes que esperan la llegada del novio para celebrar una boda. Todas llevan lámparas, todas esperan y todas acaban quedándose dormidas. Pero hay algo que las diferencia: cinco han llevado aceite suficiente para mantener encendida su luz y las otras cinco no.

Me llama la atención que Jesús no les reproche haberse quedado dormidas. Todas lo hacen. Y es que todos nos cansamos, tenemos momentos de debilidad, de dudas o de desánimo. La diferencia está en lo que cada una había cuidado antes, en aquello que les permite volver a encender sus lámparas cuando llega el momento.

El papa Francisco decía que la lámpara representa nuestra fe y el aceite, la caridad que la alimenta. Una fe que no puede quedarse solo en las palabras o en las buenas intenciones, sino que necesita hacerse presente en nuestra manera de vivir, de mirar a los demás y de relacionarnos con ellos.

Porque también nosotros podemos tener una lámpara y olvidarnos de alimentarla. Podemos hablar mucho de solidaridad y pasar de largo ante alguien que necesita ser escuchado. Podemos defender la importancia de la comunidad y no encontrar tiempo para quienes tenemos cerca. Incluso podemos acostumbrarnos tanto a las dificultades y al sufrimiento de otras personas que dejemos de sentirnos interpelados.

Y no siempre es por falta de voluntad. A veces estamos tan metidos en nuestras responsabilidades, en lo urgente, en sacar adelante el día a día, que nos olvidamos de cuidar lo verdaderamente importante.

En Cáritas sabemos que acompañar no consiste únicamente en responder a una necesidad. Es reconocer a la persona que tenemos delante, respetar sus tiempos, confiar en sus posibilidades y caminar a su lado. Pero también necesitamos cuidar nuestra propia lámpara, porque es difícil transmitir esperanza cuando nosotros mismos dejamos de alimentarla.

Estos días, durante su viaje a Uruguay, el papa León XIV nos ha recordado la importancia de tener raíces profundas y de vivir la fe en comunidad. Una imagen que me parece muy relacionada con este Evangelio. Necesitamos raíces que nos sostengan cuando llegan las dificultades, pero también personas con las que compartir el camino. Nadie mantiene encendida su luz completamente solo. Necesitamos de los demás, de la oración, de los pequeños gestos de cada día y de esos encuentros que nos recuerdan por qué merece la pena seguir adelante.

Hay algo en la parábola que puede resultar duro: esas cinco jóvenes que llegan tarde y encuentran la puerta cerrada. Nos cuesta entenderlo desde la imagen de un Dios misericordioso que siempre nos invita a volver. Pero creo que Jesús no quiere que vivamos con miedo, sino que seamos conscientes de que la vida pasa y de que no podemos dejar siempre para mañana lo que de verdad importa.

Cuántas veces pensamos que ya tendremos tiempo para llamar a alguien, para pedir perdón, para escuchar con calma, para acercarnos a una persona que sabemos que está pasando por un momento difícil. Y mientras tanto, los días van pasando.

La primera lectura nos habla de una sabiduría que sale al encuentro de quienes la buscan, y san Pablo nos recuerda que nuestra esperanza no termina con la muerte. Quizá por eso este Evangelio no debería hacernos pensar tanto en el miedo a que se cierre una puerta como en la oportunidad que tenemos cada día de vivir con sentido.

Al final, mantener encendida nuestra lámpara no significa tener una vida perfecta ni estar siempre fuertes. Significa intentar que, a pesar del cansancio, las dificultades y nuestros propios errores, no se nos apague la capacidad de amar, de confiar y de estar cerca de los demás.

Y quizá hoy sea un buen momento para preguntarnos cuánto aceite nos queda y qué estamos haciendo para que nuestra luz siga encendida. Porque esa luz no es solo para nosotros. También puede ayudar a iluminar el camino de quienes tenemos al lado.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: "¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!" Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan." Pero las prudentes replicaron: "No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: "¡Señor, señor, ábrenos!" Pero él respondió: "En verdad os digo que no os conozco."Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora".

Palabras del Santo Padre

el Evangelio (cf Mateo 25, 1-13) nos indica las condiciones para entrar en el Reino de los cielos y lo hace con la parábola de las diez vírgenes: se trata de las jóvenes que estaban encargadas de acoger y acompañar al novio en la ceremonia de boda y, como en esa época era costumbre celebrar de noche, las mujeres estaban equipadas con lámparas. La parábola dice que cinco de estas vírgenes son prudentes y cinco son necias: de hecho, las prudentes llevaron con ellas el aceite para las lámparas, mientras que las necias no lo llevaron. El novio tarda en llegar y todas se adormilaron. A medianoche se anuncia la llegada del novio; entonces las vírgenes necias se dan cuenta de que no tenían aceite para las lámparas y se lo piden a las prudentes. Pero estas responden que no pueden dárselo, porque no habría suficiente para todas. Mientras las necias van en busca de aceite, llega el novio; las vírgenes prudentes entran con él en la sala del banquete y se cierra la puerta. Las cinco necias regresan demasiado tarde, llaman a la puerta, pero la respuesta es: «En verdad os digo que no os conozco» (v. 12) y se quedan fuera.

¿Qué quiere enseñarnos Jesús con esta parábola? Nos recuerda que debemos permanecer listos para el encuentro con Él. Muchas veces, en el Evangelio, Jesús insta a velar y lo hace también al final de este relato. Dice así: «Velad pues, porque no sabéis ni el día ni la hora» (v. 13). Pero con esta parábola nos dice que velar no significa solamente no dormir, sino estar preparados; de hecho, todas las vírgenes se duermen antes de que llegue el novio, pero al despertarse algunas están listas y otras no. Aquí está, por lo tanto, el significado de ser sabios y prudentes: se trata de no esperar al último momento de nuestra vida para colaborar con la gracia de Dios, sino de hacerlo ya ahora. Sería hermoso pensar un poco: un día será el último. Si fuera hoy, ¿cómo estoy preparado, preparada? Debo hacer esto y esto… prepararse como si fuera el último día: esto hace bien.

La lámpara es el símbolo de la fe que ilumina nuestra vida, mientras que el aceite es el símbolo de la caridad que alimenta y hace fecunda y creíble la luz de la fe. La condición para estar listos para el encuentro con el Señor no es solo la fe, sino una vida cristiana rica en amor y caridad hacia el prójimo. Si nos dejamos guiar por aquello que nos parece más cómodo, por la búsqueda de nuestros intereses, nuestra vida se vuelve estéril, incapaz de dar vida a los otros y no acumulamos ninguna reserva de aceite para la lámpara de nuestra fe; y ésta —la fe— se apagará en el momento de la venida del Señor o incluso antes. Si en cambio estamos vigilantes y buscamos hacer el bien, con gestos de amor, de compartir, de servicio al prójimo en dificultades, podemos estar tranquilos mientras esperamos la llegada del novio: el Señor podrá venir en cualquier momento, y tampoco el sueño de la muerte nos asusta, porque tenemos la reserva de aceite, acumulada con las obras buenas de cada día. La fe inspira a la caridad y la caridad custodia a la fe.

Que la Virgen María nos ayude a hacer nuestra fe cada vez más operante por medio de la caridad; para que nuestra lámpara pueda resplandecer ya aquí, en el camino terrenal y después para siempre, en la fiesta de bodas en el paraíso.

(Ángelus, 12 de noviembre 2017)

Para la reflexión

  • ¿Qué cosas están alimentando hoy mi fe y cuáles están haciendo que mi luz se vaya apagando?
  • ¿Estoy dedicando tiempo a lo que de verdad importa o voy dejando para mañana lo que debería cuidar hoy?
  • ¿Soy capaz de transmitir esperanza a quienes tengo cerca, incluso en los momentos de cansancio o dificultad?

Oración

Señor, ayúdanos a mantener encendida nuestra luz, también en esos días en los que el cansancio, las prisas o las preocupaciones parecen poder con todo. Que no nos acostumbremos al sufrimiento de los demás, que no perdamos la capacidad de escuchar y que sepamos encontrar tiempo para las personas que nos necesitan. Enséñanos a cuidar nuestra fe, a vivirla con sencillez y a compartirla con quienes caminan a nuestro lado. Y cuando sintamos que nuestra lámpara se apaga, ayúdanos a volver a lo esencial, a confiar en ti y a recordar que siempre podemos empezar de nuevo. Amén.

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