La santidad que no hace ruido
Pilar Algarate 1 de Noviembre de 2026Lecturas de la Solemnidad de Todos los Santos: Primera lectura: Ap 7, 2-4. 9-14; Segunda lectura: 1 Jn 3, 1-3. Santo evangelio según san Mateo 5, 1-12.
Hay personas de las que uno se acuerda por cosas muy pequeñas. Una llamada a tiempo, una conversación que se alargó más de lo previsto, alguien que se quedó cuando podía haberse marchado, una puerta abierta, una mano, una forma de mirar. Personas que probablemente nunca pensaron que estaban haciendo nada especial. Hoy es su día también.
Cuando el Apocalipsis habla de «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar», es fácil imaginar algo grandioso y lejano. Pero quizá esa multitud esté llena de rostros conocidos. De gente que tuvo una vida bastante normal. Que se equivocó, acertó, tuvo miedo, volvió a empezar. Gente que quiso y se dejó querer. Algunos santos tienen nombre en el calendario. Otros solo permanecen en la memoria de quienes los conocieron.
Y luego están las Bienaventuranzas. Jesús mira a la multitud y dice cosas que, dos mil años después, siguen sonando extrañas: dichosos los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los que trabajan por la paz. Uno esperaría otra lista: dichosos los que tienen suerte, los que están seguros, los que llegan primero. Pero Jesús mira hacia otro sitio. León XIV decía el año pasado, en esta misma fiesta, que las Bienaventuranzas nos ofrecen «una nueva interpretación de la realidad». Tal vez sea eso: aprender a mirar las mismas cosas desde otro lugar.
Porque nadie es dichoso por llorar. Estos días lo sabemos especialmente bien. Hay familias que lloran a quienes han muerto en el accidente ferroviario de Toledo. Y hay otras que, dos años después de la DANA, siguen aprendiendo a vivir con una silla vacía, con una voz que ya no se escucha, con una ausencia que forma parte de cada día. «Dichosos los que lloran, porque serán consolados». Jesús no explica el dolor ni dice que llorar sea bueno. Dice algo mucho más sencillo: serán consolados. Hay dolores ante los que sobran casi todas las palabras. Quizá por eso hoy podemos recordar a quienes se fueron, decir sus nombres, dar gracias por lo que dejaron y confiar en que forman parte de esa multitud que Juan vio y que nadie podía contar.
Pero hay otra Bienaventuranza que también nos toca de cerca: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia». El hambre vuelve, insiste, no nos deja tranquilos. Quizá el hambre de justicia se parezca a eso: a que todavía nos incomode que alguien duerma en la calle, que una familia no pueda acceder a una vivienda, que una persona tenga que abandonar su país buscando un futuro o que la soledad se instale en una casa sin que nadie llame a la puerta. El problema empieza cuando dejamos de tener hambre. Cuando nos acostumbramos.
En Cáritas vemos cada día muchas vidas que no caben en una estadística. Y también personas que acompañan a otras personas sin grandes discursos: una tarde a la semana, una llamada, un café, una acogida, un «vamos a verlo», un «no sé cómo solucionarlo, pero estoy aquí». Francisco hablaba de «los santos de la puerta de al lado». Personas corrientes que cuidan, sostienen, perdonan, se indignan ante una injusticia, hacen las paces y vuelven a intentarlo. Tal vez la santidad se parezca bastante a eso.
La segunda lectura dice algo todavía más sencillo: «somos hijos de Dios». Todos. A veces se nos olvida ese todos. Cuando ponemos etiquetas, cuando hablamos de «ellos» y «nosotros», cuando una situación se convierte en un número y dejamos de ver a la persona. Hoy celebramos a los santos, a los conocidos y a los anónimos, a quienes aparecen en los altares y a quienes solo aparecen en un álbum de fotos familiar. Quizá conocimos a alguno. Quizá se sentó a nuestra mesa. Y quizá la santidad sea eso: dejar un poco de luz después de habernos ido.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12.
Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.
Para la reflexión
- ¿Quiénes han sido para mí esas personas sencillas en las que he visto algo de las Bienaventuranzas?
- ¿Hay alguna realidad de sufrimiento o injusticia a la que me estoy acostumbrando?
- ¿Cuál de las Bienaventuranzas necesito llevar hoy a mi vida?
Oración
Señor, enséñanos a mirar como Tú miras. Que no pasemos de largo ante quien necesita cercanía y que no nos acostumbremos al dolor ni a la injusticia. Danos hambre y sed de justicia, un corazón misericordioso y ganas de construir la paz. Ayúdanos a escuchar, a acompañar, a hacer sitio y a reconocer en cada persona a un hijo, a una hija tuya. Y que, en las cosas pequeñas de cada día, aprendamos también nosotros a vivir las Bienaventuranzas. Amén.