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Reflexión del Evangelio: Primer domingo de Cuaresma, 21 de febrero de 2021

Mantenerse firmes en Cristo es tejer redes de amor y solidaridad con aquellos que más lo necesitan, es tender manos para que ninguna tentación pueda vencernos.


Comenzamos este primer domingo de Cuaresma metiéndonos en el arca que somos nosotros mismos, para poder recorrer este camino de Pasión donde no desaparece la inquietud, el desasosiego o la incertidumbre, pero siempre abiertos a la esperanza de que al final de este itinerario nos espera la Vida. 

 

Esa nueva creación de color que despierta nuestra existencia y nos lleva a reconocer que las sendas del Señor son misericordia y lealtad. Mantenerse firmes en Cristo es tejer redes de amor y solidaridad con aquellos que más lo necesitan, es tender manos para que ninguna tentación pueda vencernos. Jesús nos anima a esa construcción de la armonía y de la paz en nuestra vida cotidiana, personal y comunitaria, y hacerla tangible en nuestro mundo. 

 

A la luz de la palabra

 

En cualquier momento dado, la vida puede sorprendernos con otra oportunidad, dándonos la posibilidad de intentar algo una vez más, de recrearnos a nosotros mismos y empezar de nuevo. Es más, Dios mismo nos habla de que Él regala “oportunidad” al ser humano, ya desde el inicio de la creación. La pregunta es que hacemos nosotros con ellas, a cuantos hermanos dejamos en el camino, o en que barca no nos hemos querido subir. 

 

Ya hemos hablado suficientemente de la situación que ha atravesado el corazón de nuestro mundo, como al igual que Noé, hemos tenido que meternos en nuestras pequeñas “naves”, con los de nuestra “especie” cercana para poder sobrevivir. Ha llovido y sigue cayendo una lluvia que parece no tener fin. Pero al Señor al igual que en los días de Noé, ha sellado su alianza con nosotros, nos ha dado la mano de la solidaridad, del compartir, de construir lazos de amor cada vez más creativos, nos ha invitado a dibujar ese arcoíris de colores que nos llena de luz y de vida. Transitamos en medio de una tormenta que parece no tener fin, pero Dios hace que nuestra barca mantenga la calma y no zozobre, porque para Él no hay una tormenta perfecta sino una bonanza infinita.

 

Ángeles y demonios

 

El evangelio de hoy nos sitúa en una realidad que rodea nuestra vida cotidiana y nos hace vulnerables a su brillo. Podemos llamarla de muchas maneras: tentación, prueba, e incluso los más atrevidos pueden decir que es cosa del demonio, pero la cuestión no está en el nombre sino en nuestro interior, en nuestro corazón. 

 

¿Qué es lo que nos arrastra y nos empuja a desviarnos del camino del Señor, de nuestro propio camino personal? Cuántos cantos de sirena permitimos que nos alejen de ese regreso a nuestra patria. Caer en la tentación puede ser fácil, pero vencerla es cosa de dos. Solo Jesús puede ayudarnos a construir nuestra vida sobre valores auténticos, aunque no siempre nos gusten. La humildad frente al orgullo y la soberbia, la austeridad de vida y el compartir, frente a la necesidad de poseer. 

 

No somos ángeles, pero si en este tiempo cuaresmal somos capaces de darle una vuelta a nuestra vida desde dentro, tal vez nos acojan en ese “paraíso” que el Señor nos tiene reservado una vez que hemos comprendido cuál es realmente “la pasión” que nos mueve y nos llena hasta el punto de poder vivirla.