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“¿Os he gustado? ¿Hay sitio aquí para mí o también vosotros me vais a dejar tirado en la calle?"

“Esto no es Operación Triunfo, donde se va eliminando a los que no dan la talla. Aquí todos estamos en el mismo barco, buscando reparar brechas y construir nuestras vidas. Deberíamos alegrarnos todos siempre que alguien decida volverlo a intentar”


Cáritas Madrid. 10 de agosto de 2018.- “¿Os he gustado?” El recién llegado miraba a las educadoras de la Casa de Acogida "San Agustín y Santa Mónica" al acabar la entrevista previa a su aceptación en el proyecto. Es ruso, sufre parálisis cerebral, usa silla de ruedas, y no tiene donde vivir, mientras su mujer espera su primer hijo…


“¿Os he gustado?” En esa pregunta, resuena en cierta forma la súplica inquieta de las 19 personas que viven en esta Casa, que parecen decir: “¿hay sitio aquí para mí, o también vosotros me vais a dejar tirado en la calle?”


Cada tarde que paso en la casa, mientras echo una mano a preparar la enorme mesa de este desconcertante familión, me pregunto por dentro: ¿quién elige a estas personas? ¿cómo se decide si “gustan” o “no gustan”? Estoy en el comedor con el joven marroquí, que con su única pierna mantiene todo chulo el equilibrio mientras va poniendo los platos. En la cocina, la mujer que llegó hace unos días va limpiando ya los cacharros; ella, gitana, de unos sesenta años, se ha quedado abandonada tras una vida familiar muy dura, y, en su infinita pequeñez, prefiere siempre quedarse con los trabajos de limpieza. Hoy el cocinero ha sido uno de los veteranos, que, con su esquizofrenia a cuestas, está feliz por el trabajo que acaba de encontrar en la empresa de inserción.


Van llegando los comensales. Esta mujer, que se escondió aquí huyendo de la violencia de género. Ese señor mayor, biólogo y gran profesional en otra vida, que se hundió en una espiral de miseria tras su divorcio, que le llevó a la droga y a la soledad amarga. El refugiado sirio, que se quedó en la calle al acabarse los apoyos que le ofrecieron al llegar a Europa. La venezolana sin papeles, que salió de su país corriendo y sin mirar atrás. El hombretón que se sienta a mi lado, que ha pasado veintitantos años en la cárcel e intenta ahora rehacer su vida, escondido todavía de su familia por vergüenza y dolor. Los dos amigotes del fondo, el polaco y el de Bielorrusia, con su aire apesadumbrado, que acaban de llegar del centro de tratamiento de adicciones…


¡Qué pandilla! Menuda colección de pueblos, heridas, dolores, y luchas por salir adelante. Todos juntos, poniendo la mesa de la Casa común, compartiendo por un tiempo sus búsquedas y sus caminos. ¡Qué diferente sería la humanidad –me digo por dentro- si los grupos y las naciones supieran hermanarse así!


“¿Os gusto?”, resuena de nuevo en mí la pregunta del recién llegado. ¿Me gustan?, me pregunto a mí mismo. Y una voz desde dentro, y desde lo alto, me responde: le gustan a Dios, y eso basta. Como me explicaban hace poco en el curso de Biblia de la parroquia, a Dios le gusta reunir a sus hijos e hijas, y preparar un banquete para los pobres y abandonados, y enjugar las lágrimas de los ojos, y reunir a todos en torno a la mesa de su Hijo. ¿Dónde voy a encontrar algo más parecido al sueño de Dios que en esta Casa?


“¡Que nadie se crea con derecho a juzgar y despreciar a ninguno!”, gritó la directora de la Casa el otro día en plena cena. Con lo encantadora que es la jefa, ese día parecía que echaba truenos. Resulta que uno de los residentes, con el que –caray- me llevo muy bien, se había escapado hacía un par de días y había vuelto a consumir droga. Regresó deshecho y arrastrándose, suplicando una nueva oportunidad. La Casa lo acogió de nuevo, con esa mezcla agridulce de angustia por la recaída y de alegría inmensa por el reencuentro. Algunos querían que se le expulsara, porque “el que la hace, la paga”. “Pero no es así entre nosotros”, sentenció contundente la directora. “Esto no es Operación Triunfo, donde se va eliminando a los que no dan la talla. Aquí todos estamos en el mismo barco, buscando reparar brechas y construir nuestras vidas. Deberíamos alegrarnos todos siempre que alguien decida volverlo a intentar”. ¡Toma ya!

 

“¿Os he gustado?” No es esa la pregunta. No se trata de que tú nos gustes a nosotros, querido amigo. Se trata de que, juntos, gustemos a Dios, respondamos a su deseo más profundo, y estemos a la altura de la invitación que nos hace a preparar una mesa grande para todos. Como la mesa de la cena en la Casa de Acogida "San Agustín y Santa Mónica" de Cáritas Madrid.